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HISTORIA
DE LA SIDRA
El
cultivo del manzano y, por tanto, el consumo
y transformación de la manzana se extiende
prácticamente por los cinco continentes,
teniendo una presencia generalizada, dadas
sus conocidas características dietéticas
y su facilidad de adaptación al medio.
Su
aparición se pierde en la noche de los
tiempos, discurriendo su existencia paralelamente
al desarrollo de la agricultura desde
sus más remotos inicios.
La
mayoría de los autores sitúan el origen
geográfico de la manzana en el área Caucásica,
Mesopotamia y, por extensión, todo el
Asia Central donde está presente desde
el periodo Neolítico, al menos. En la
Europa Central se han hallado vestigios
de este fruto datados de la Edad de Piedra.
La Costa Cantábrica de la Península Ibérica
y singularmente Asturias y el País Vasco,
son zonas con abundante presencia del
cultivo de manzano, desde tiempos inmemoriales,
siendo numerosos los autores que defienden
la hipótesis de una progresiva extensión
del cultivo desde estas zonas al resto
del Arco Atlántico.
Ya
en el Antiguo Testamento, queda patente
la existencia de la “sicera”, bebida de
contenido alcohólico, elaborada a partir
de cereales o frutas por los hebreos,
cuya raíz guarda evidente similitud con
los vocablos griegos “sikera” y “sikra”.
Es evidente que tanto griegos, como romanos,
conocían y disfrutaban del “vinum ex malis”,
es decir, el vino procedente de manzanas.
Asimismo, la “sikera” griega, pasa al
latín eclesiástico como “sicera”, vocablo
que se extiende por las provincias y territorios
del Imperio Romano. Al generalizarse el
uso del latín vulgar en el Norte de la
Península Ibérica, la “sicera” evoluciona
hacia “sidsra” y, finalmente, se consolida
el término actual sidra. No obstante,
en pleno S.XII, Gonzalo de Berceo menciona
la palabra “sizra”, incluyéndola en la
enumeración de viandas y bebidas a las
que renuncia San Juan Bautista.
Puede
parecer, por lo anteriormente referido,
que la sidra o sus primitivas manifestaciones
y precedentes eran realidades importadas,
ajenas a las costumbres y usos de los
pueblos astures, sin embargo, son diversas
las hipótesis que apuntan a la existencia
de sidra o bebidas similares en Asturias,
previamente a la colonización romana del
Norte de la Península, así Estrabón recoge
sesenta años antes de Cristo: “zitho etiam
utuntur, vini parum habent”. Si sumamos
a este testimonio, los de Plinio aludiendo
a la abundancia y variedad de las manzanas
asturianas, además de la opinión de investigadores
y estudiosos de ese periodo e informes
acerca de los cultivos y frutales predominantes;
podemos deducir que el “zitho” que menciona
Estrabón, con altísimas probabilidades
sería el precursor de nuestra sidra natural.
No podemos olvidar el significado mágico
y simbólico de la manzana dentro de la
mitología e iconografía de los pueblos
celtas que poblaban las costas atlánticas
europeas. Así cobra especial relevancia
el mito de Avalón, la exuberante isla
de las manzanas dentro de la tradición
celta. Las propiedades sobrenaturales
de la manzana y su correspondiente halo
de misterio son una constante a lo largo
de la historia, manifestándose en culturas
tan distantes y distintas como la judeo-cristiana,
hindú, celta, las culturas clásicas mediterráneas,
normandos, así como, la propia de los
pueblos escandinavos. Desde la mención
bíblica de Eva y la manzana, hasta la
fecundidad del verbo divino representado
en la manzana en el Cantar de los Cantares,
pasando por la diosa romana Pomona o el
clásico concepto del árbol de la ciencia
del bien y del mal.
A
lo largo de la Edad Media, son abundantes
e inequívocas las menciones a las manzanas,
pomaradas, lagares y a la propia sidra,
recogidas en la diplomática asturiana.
En numerosos documentos jurídicos donde
se asientan transmisiones patrimoniales
de todo tipo: testamentos, legados y donaciones,
así como, fueros, cartas pueblas y documentos
fundacionales de monasterios y abadías;
queda cristalinamente reflejada la importancia
socioeconómica del cultivo del manzano
y la elaboración de sidra en la región.
Cabe destacar de toda esta abundante documentación
existente, el Pacto Monástico de San Vicente,
de 25 de Noviembre de 781 que recoge la
fundación del mencionado monasterio, aportando
los otorgantes a esa fundación todos sus
bienes, “tan in terris quam etiam in vineis,
pomiferia, edificiis, aquiis aquarum ductibus...”;
y el pergamino correspondiente al Testamento
de Fakilo, de 8 de Julio de 793, el pergamino
más antiguo del Archivo de la Catedral
de Oviedo, recogiendo el mismo las formalidades
propias de una donación “post mortem”.
Y manifestando literalmente: “Do atque
concedo de omnes homnimo rem mea quinta
protionem qui me quatrat inter eredes
meos vel nepotes id est in villas prenomitas
Fanum, Columca, Camauca, in Prie meo,
(in Loe) sive in Libana tam villas quam
etiam in busta sive in vineas et pomifera
omnem ipsa quinta qui me compete concedo
vel abrenuncio ad Sancta Maria in Liberdonem...”.
En
palabras de Elviro Martínez, “El manzano
era, pués, en los siglos VIII al X, un
árbol consustancial a nuestro paisaje,
un elemento tutelar de nuestras quintanas
y una fuente insustituible en el campo
alimentario... ... En los siglos XII y
XIII, la explotación del manzano constituye
la mayor riqueza arborícola de la región”.
A
partir del S.XI, hasta el XIV, son comunes
los contratos de mampostería o mampostura,
consistentes en la cesión del terreno,
por parte de un particular propietario
del mismo, a otra persona con la finalidad
de que este último lo roturase y plantase
de manzanos. Así, el titular del terreno
percibía por ello la mitad de los frutos
y el plantador la otra mitad, además de
los productos del suelo. El contrato se
extinguía al final del periodo productivo
de la plantación, con lo que se mantenía
vigente durante más de treinta o cuarenta
años. Esta práctica alcanzó su mayor difusión
entre los S.XIII y XIV, llegando a extenderse
a otras regiones vecinas.
Pedro
de Medina, dentro de sus apuntes de viaje
por el Norte de la Península, al describir
Asturias señala: “Esta tierra es fría;
abunda mucho en mijo de que hacen pan,
así mismo manzanas, de que se hace la
sidra, que beben por vino”.
Hasta
el S.XVII la elaboración de sidra está
orientada hacia el autoconsumo, siendo
por tanto un factor más dentro de la economía
de subsistencia de la casería asturiana.
Es a partir de estas fechas cuando cobra
mayor protagonismo la agricultura en el
Principado, aumentando las producciones
y el grado de especialización de las explotaciones,
a la vez que se incrementa notablemente
el cultivo de determinadas legumbres,
plantas forrajeras, frutales y algunos
productos de la huerta. Los llagares comienzan
a configurarse como unidades de producción
destinadas a la elaboración y comercialización
de sidra natural, superando progresivamente
la situación previa de autoconsumo. Todo
ello, apoyándose en el incremento de la
demanda dado por un aumento demográfico
consecuencia de la bonanza coyuntural
del campo asturiano.
El
S.XVIII supone la extensión y máximo apogeo
del cultivo del manzano en Asturias, dicho
auge fue fruto del interés económico que
percibió el agricultor, a lo que debemos
sumar interesantes iniciativas políticas
y ciudadanas en favor de la manzana, destacando
entre las mismas, la labor de la Sociedad
Económica de Amigos del País de Asturias
y el propio empuje de la Junta General
del Principado que en el Título XII de
sus Ordenanzas Generales de 1781, regula
“el plantío de árboles”.
Jovellanos
documenta profusamente en algunas de sus
cartas y publicaciones los principales
hábitos de consumo de los asturianos,
destacando el protagonismo de la sidra
natural en las romerías y fiestas populares.
El siglo XVIII es referente cronológico
inequívoco si hablamos de la extensión
del cultivo del manzano de sidra en Asturias.
En 1772 se realizaron trabajos cartográficos
de la región recogiendo datos sobre las
principales producciones agrícolas. Y,
también se ocupa de esta cuestión Jovellanos,
a propósito de su “Informe sobre el Establecimiento
de la Ley Agraria”, en el que afirma:
“...las huertas de naranja de Asturias
y aún muchos prados y heredades se convirtieron
en pomaradas por el aumento del consumo
y precios de la sidra”.
El
villaviciosino Francisco de Paula Caveda
Solares, padre de Caveda y Nava, hacia
el año 1800, en su “Descripción Histórica
y Geográfica del Concejo de Villaviciosa
y Todas sus Parroquias”, refiriéndose
a la situación del mercado de la sidra
natural, dice: “...de todo ese consumo
se extrae para Galicia, para Vizcaya,
para la América, y aún para el interior
del Reino, grandes remesas de ese licor
en pipas, pipotes y botellas...”. Igualmente,
Isidoro de Antillón a su paso por el Principado,
en 1808, describiendo los diversos cultivos
y sus productos transformados, recoge:
“Las vides bravías que observó Lagasca
en los contornos de la capital y en otros
parages, indican haberse allí cultivado
en otro tiempo esta planta preciosa. Ahora
son muy pocos los majuelos; y aunque parece
pudieran multiplicarse, con esperanza
de vinos medianos, en algunas colinas
incultas y bien ventiladas, hacia la costa,
no se han intentado; y los asturianos
se proveen de vino en Castilla la vieja,
Reyno de León, Cataluña y Valencia. Verdad
es que suplen esta falta en parte con
la sidra, que proporcionan las abundantes
cosechas de manzana en sus pumaradas,
no sólo para el consumo interior, sino
para exportarse a la América”.
En
el mismo sentido se expresa A. Germond
de la Vigne: “Hay llanuras enteras cubiertas
de manzanos; la manzana asturiana es la
más apreciada de España; los asturianos
hacen con ella la sidra, que es su principal
bebida y que forma una de las ramas más
importantes de la industria agrícola:
exportan grandes cantidades a las provincias
vecinas. El vino sólo se produce en algunos
concejos de la parte occidental”.
Si
el S.XVIII se caracteriza por profundos
cambios positivos para la producción de
manzana de sidra y para la agricultura
en general, es el S.XIX periodo clave
para la comprensión de la ulterior evolución
de la sidra en todas sus variantes y aspectos.
Esta época supone un punto de inflexión
fundamental, tanto por la evolución tecnológica
e industrial, como por los profundos cambios
demográficos que experimenta la región,
factores todos que contribuyen a revolucionar
las formas de producción, así como, las
de comercialización y consumo. El éxodo
de la población rural hacia el área central
e industrializada de la región, a la vez
que la emigración masiva al continente
americano, hacen mella en el mercado tradicional,
requiriendo éste adaptación, por un lado,
a los nuevos hábitos urbanos y; por otro,
a la población desplazada a ultramar.
Es
este el periodo histórico presidido por
la innovación, alcanzando ésta a todos
los ámbitos sidreros: con la aparición
de los primeros vasos varillados, comienza
a marginarse el consumo de sidra en vasos
de cerámica, xarres y zapiques; se inicia
también la fabricación de botellas de
sidra en Gijón; ambas apariciones suponen
la introducción del escanciado, forma
de servicio singularmente asturiana que
me atrevo a especular, en su día, trató
de reproducir por otros medios y formas
el efecto del espiche, es decir, el vertido
violento de la sidra hacia las paredes
del vaso, más bien al borde del mismo,
logrando con ello la liberación del carbónico
endógeno que arrastra consigo valiosos
aromas hasta la nariz de quien la degusta.
Sin duda, este fue uno de los mayores
cambios que se produjo en el panorama
sidrero astur en sus más de dos milenios
de existencia. Así, comienzan a desaparecer
las tabernas portátiles, que no eran otra
cosa que una pipa de sidra, sobre un carro
del país tirado por bueyes, que acudía
a cuantas ferias, mercados y romerías
se celebrasen en los alrededores, hasta
que los mozos del lugar daban cuenta de
su contenido. Paralelamente, se potencia
el chigre o taberna donde se expende sidra
por botellas, escanciándola y acompañándola
de “taquinos”. De igual forma continúan
celebrándose en los llagares las tradicionales
espichas, aunque es entonces cuando realmente
se sientan las bases de nuestra primordial
forma de consumo, en el chigre o sidrería
como verdadero hecho diferencial de la
hostelería asturiana. En adelante, la
espicha va perdiendo protagonismo como
principal forma de consumo, circunscribiéndose
cada vez más al singular ritual comercial
mediante el cual el hostelero visita a
su proveedor, lagarero, degusta la sidra
de esa temporada y elige, dentro de lo
razonablemente posible, el lote de su
agrado o “palu”, que posteriormente ofrecerá
a sus clientes. Sí se potencia paulatinamente,
la espicha como oferta hostelera específica,
planteada por los propios lagares como
clara diversificación del negocio.
No
sólo se innovaron las formas de consumo,
si no que también, se preocuparon por
diversificar las producciones y encontrar
respuestas a las evidentes dificultades
técnicas que entrañaba la exportación
de la sidra natural al no estar estabilizada
microbiológicamente. Por ello, en el año
1857, la empresa Industrial Zarracina
de Gijón pasa a la historia por ser la
pionera en la elaboración de sidra espumosa,
actividad que secundaron otros empresarios
a lo largo de la segunda mitad del S.XIX,
protagonizando con este producto la posterior
expansión internacional del consumo de
sidra asturiana.
Siendo
Pío Baroja reportero de la madrileña revista
Estampa, con motivo de la elaboración
de un reportaje para la misma a comienzos
de los años treinta, apuntó entre sus
notas: “En Oviedo doy una vuelta por el
Campo de San Francisco y me encuentro
a un conocido, que me lleva a una bodega,
en donde me ofrece sidra echada en un
vaso desde una altura de dos metros para
que haga espuma.
Me parece un ejercicio de prestidigitación”.
A
lo largo del último siglo del recién transcurrido
segundo milenio, la sidra natural ha sufrido
las mismas vicisitudes y convulsiones
que la propia sociedad asturiana, un periodo
inicial de prosperidad, ante el auge de
la Asturias emprendedora e industrial;
una etapa tumultuosa y desafortunada,
marcada por el triste inicio de la fratricida
contienda nacional y los años que la preceden,
etapa que se agrava sensiblemente con
la dura posguerra. Tras ella, los llagares
que subsisten, pese a ser numerosos, entorno
al millar, no dejan de suponer unos ingresos
complementarios para sus propietarios
que como actividad principal se ocupan
en la ganadería o la industria. Son relativamente
pocos los lagares, frente a la estadística
oficial, que mantienen una actividad empresarial
regular y principal, siendo frecuente
hasta los años ochenta la existencia de
llagares que sólo mayaban los años pares,
coincidiendo con las cosechas abundantes
de manzana.
Para
buscar soluciones a la situación del subsector
productor, así como, abordar todas las
necesidades investigadoras del sector,
se crea en 1956 la Estación Pomológica
de Villaviciosa, actual Servicio Regional
de Investigación y Desarrollo Agroalimentario
(S.E.R.I.D.A.), desde el que se viene
investigando en las últimas décadas en
dos programas diferenciados, pero complementarios
para el sector: el de sidra y otros derivados
y el de manzano de sidra.
El
final de los años sesenta y el comienzo
de los setenta, son aciagos para la sidra
natural, confluyendo varios factores que
lo propician:
· Movimientos demográficos de otras regiones
hacia Asturias, ante la alta demanda de
mano de obra para las industrias mineras
y siderúrgicas, población que acude con
sus propias costumbres y, como es lógico,
tarda en adaptarse a la idiosincrasia
asturiana.
· Progresivo abandono del entorno rural
en favor del área central del Principado.
· La polarización de la actividad primaria
en el campo asturiano por parte de la
ganadería de leche.
· La aparición y potenciación en los mercados
de múltiples bebidas refrescantes, así
como la proliferación del consumo de combinados
de estas con licores y bebidas espirituosas.
· El auge de las cafeterías y otros establecimientos
de hostelería en el ámbito urbano, frente
al declive de los chigres.
· El patente descuido e incluso desprecio
de nuestra cultura y tradición autóctona.
· La desatención manifiesta de las pomaradas
tradicionales, además de la nula o escasa
plantación de nuevas explotaciones.
· El perfil del consumidor tipo de la
época: varón de más de 50 años y preferiblemente
del entorno rural.
Todo
ello, conlleva un preocupante descenso
del consumo, condición que supone la caida
de los precios de la materia prima, el
desánimo de los productores de manzana
que llegan hasta el extremo de arrancar
pomaradas enteras; el cierre de muchos
lagares y, por tanto, un agravamiento
de muchos de los factores mencionados
anteriormente.
Hasta
finales de los setenta aproximadamente,
el declive del sector es notorio. Es entonces
cuando se toca fondo de alguna manera
y, sorprendentemente, comienzan a sentarse
las bases del posterior progreso del sector.
Si las décadas precedentes se caracterizaron
por el signo negativo de la coyuntura
en materia sidrera, los años ochenta supusieron
todo lo contrario, un cúmulo de circunstancias
y esfuerzos que dieron resultados gratificantes
para el desarrollo del sector:
·
Notable implantación del concepto moderno
y urbano de sidrería, proceso que venía
evolucionando desde hacía tiempo, aunque
no eclosiona hasta mediados de la década.
· Creciente interés por nuestro bagaje
cultural, gastronómico y etnográfico.
Resurgiendo el aprecio por los productos
asturianos, sus recetas, las jornadas
gastronómicas y todo aquello que rodea
nuestro vasto patrimonio.
· La fundamental incorporación de la juventud
y la población femenina al consumo de
sidra natural, ampliándose significativamente
el universo de consumidores.
· El relevo generacional al frente de
muchos de los llagares, accediendo en
muchos casos miembros de la tercera e
incluso cuarta generación a puestos de
responsabilidad en la empresa. La experiencia
de los ascendientes, junto con el dinamismo
y la formación académica de los descendientes,
han sido ingredientes fundamentales del
desarrollo sectorial actual.
· La concentración de las producciones,
reduciéndose el número de industrias transformadoras,
simultáneamente al incremento de la capacidad
de producción y comercialización de cada
una de ellas.
· La preocupación creciente de los productores
por el futuro de su actividad en toda
su extensión: incremento de la extensión
del cultivo, aplicación de técnicas de
manejo apropiadas para reducir los efectos
de la vecería, mejora de la calidad del
fruto, así como incremento de la rentabilidad
de las explotaciones.
· Apuesta de la Administración Regional
y otras Administraciones Públicas por
el futuro del sector, habilitando líneas
de ayuda para la modernización de instalaciones
de los llagares, al igual que para la
plantación de manzanos de sidra. Paralelamente,
también se inician políticas favorables
al desarrollo rural y turístico que redundan
en beneficio del sector.
· El desarrollo de nuevas líneas y la
consolidación de trabajos previos de investigación
por parte del actual S.E.R.I.D.A. y otros
centros públicos de investigación.
· El mayor grado de conocimiento acerca
de las propiedades saludables de la ingesta
moderada de sidra natural.
· El endurecimiento de la legislación
respecto al consumo de bebidas alcohólicas,
especialmente en lo que concierne a la
conducción bajo sus efectos.
· La progresiva estructuración del sector
mediante fórmulas asociativas que ayudan
a cohesionar el colectivo en cada uno
de sus ámbitos.
Llegamos
así hasta nuestros días, pudiendo constatar
los avances previamente referidos y, si
cabe, subrayando el espectacular desarrollo
de buena parte de los llagares, incorporando
modernas soluciones técnicas, a la vez
que incrementando sensiblemente sus capacidades.
La adquisición de sistemas de control
de temperaturas, de novedosos desarrollos
de prensado, rápidas y eficaces plantas
de embotellado y una larga lista de progresos
difíciles de enumerar en estas líneas,
posibilitan una objetiva mejora de la
calidad, además de un indudable avance
del sector en general.
Sin
ninguna duda, el objetivo necesario para
la consecución de metas más ambiciosas
para el colectivo sidrero es la obtención
de la Denominación de Origen Protegida,
figura de protección europea que se tramita
en la actualidad. Desde los años setenta,
la obtención de esta distinción viene
siendo objeto de debate y discusión tanto
en foros profesionales, como por el propio
consumidor. Al fin y al cabo, de lo que
se trata es de proteger un producto agroalimentario
por su singularidad, reputación, tipicidad
y arraigo en un área geográfica determinada
con la que mantiene un fuerte vínculo
que justifica formalmente el uso del nombre
de esa región, comarca o lugar para referirse
al producto. Este debe elaborarse en la
zona, a partir de materia prima autóctona
y conforme a los métodos empleados en
la región. Toda vez que lo anterior se
cumpla y se tramite el expediente administrativo
ante la Unión Europea, según estipula
el Reglamento de la Comisión 2081/92,
podremos contar con la “Sidra de Asturias”.
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