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Bodega
Santa
Carolina
Viña Santa Carolina fue fundada en 1875 por don
Luis Pereira Cotapos, quien la denominó así en
honor de su esposa, doña Carolina Iñiguez. Ese
mismo año empezó la plantación de los viñedos
con cepas importadas de la región de Bordeaux,
Francia. Hoy viña Santa Carolina posee viñedos
en las mejores zonas vitivinícolas del país y
posee también cuatro diferentes bodegas de vinificación
que incluyen la bodega principal ubicada en Santiago
y declarada Monumento Nacional por su belleza
arquitectónica y buen estado de conservación.
Los
viñedos benditos de esta bodega secular se reparten
entre los mejores suelos de Chile, en los que
se arraigarían felizmente vidueños migrados de
Francia hace siglo y medio. El vasto como variado
catálogo de esta casa, ofrece desde los sencillos
Coupage hasta los sobresalientes reserva que,
en volúmenes considerables, no obstante, y gracias
a técnicas en permanente puesta al día, mantienen
una calidad que, así como gana neófitos adeptos,
complace a los más entendidos paladares.
Para
la industria vitivinícola chilena Santa Carolina
es más que un patrimonio. No muchas casas productoras
cuentan en su haber con más de 125 años de trabajo
y experiencia, amén de más de una veintena de
etiquetas que van desde los vinos más sencillos
a los más encumbrados y costosos. Fundada por
don Luis Pereira Cotapos en 1875 a seis kilómetros
de la Plaza de Armas en Santiago, el origen de
esta viña está entretejido con el auge de Chile
a partir de la llamada Guerra del Pacífico que,
por supuesto, no puede desligarse de la minería
del cobre y el salitre de esos años.
Pereira
importaría al igual que la mayoría de sus pares
contemporáneos, vidueños Franceses y contrataría
reputados profesionales de la enología gala, fundadores
de lo que podría considerarse de la nueva viniviticultura
chilena, como Germain Bachelet, Octave y Adhemar
Brard para comenzar a trabajar con Cabernet Sauvignon,
Pinot Noir, Malbec, Sémillon y, entre otras, el
Moscatel. Según las crónicas el Sr. Bachelet vendría
de la mismísima Borgoña, como “viñador escogido
y recomendado, por don Javier Rosales, en París,
quien era a la sazón casi la única persona en
Europa a la cual pudieran hacerle encargos de
confianza. Bachelet traía a su mujer y a sus hijos.
Junto con el viñador, llegaron innumerables paquetes
de plantas que traían en agua y que después cubrieron
con tierra...”.
De
impotente arquitectura, gran parte de sus zócalos
y fundaciones está hecha de adobe, piedra y ladrillo.
Intacta, con enrejados de hierro forjado, sus
techos conservan la madera y tejas originales,
sus vigas son de pino oregón y las paredes de
un metro de espesor, permanecen cubiertas del
barro primigenio. La bodega subterránea permite
mantener la humedad en el ambiente y una temperatura
de 14 grados en invierno y en verano, ideal para
el vino; además puede albergar tres mil barricas
y conserva aun foudres con capacidad de 9 mil
450 litros en las que se almacena vino fino de
calidad.
Empresa
familiar hasta 1963, a mediados de la década de
los setenta pasa a manos del grupo LarraínCruzat.
Para 1995 forma parte de Empresas Santa Carolina
S.A , negocio que incluye además otras tres compañías
del ramo de la agroindustria.
Grosso
modo, larga como el país es la historia del vino
de Chile. Desde España, la Conquista traería,
por supuesto, usos modos y costumbres que se imponen
en ultramar. Así, comenzaron a llegar los primeros
vidueños de Europa al Cono Sur y con ellos todo
el entramado cultural que de suyo implica el hecho
de trajinar con el vino, así como la obligación,
dictada por la iglesia, de contar con la sangre
de Cristo a la hora de la celebración de la eucaristía,
hecho que en todo el mundo hizo posible la continuidad
de la producción vitícola, más allá de guerras
intestinas, crisis económicas o plagas implacables.
Al
parecer Francisco de Aguirre fue uno de los primeros
en acometer las labores de la vid en el país austral
y, según archivos escudriñados por expertos, su
primera cosecha se da por 1551 en Copiapó. Por
su parte Juan Jufré de Loayza y Montesa, radicado
en el Valle del Maipo para 1554, produciría tintos
en cantidades considerables.
Pero,
¿cómo era ese vino?, se interroga Patricio Tapia,
el más célebre conocedor y crítico de caldos chilenos
de las últimas generaciones, y se responde: “Probablemente
muy malo. Las condiciones de vinificación eran
muy paupérrimas.
Lagares
contaminados, vasijas de guarda de materiales
no muy adecuados, fermentaciones a temperaturas
extremas, con una materia (uvas) pocos cuidadas.
Todos esos detalles, deben haber dado vino con
una acidez volátil alta (boca y nariz a vinagre)
y con aromas y gustos no del todo deseables. Pero
tras estos problemas estaba una fruta crecida
en excelentes condiciones climáticas por lo que,
en el fondo, si se les prestaba atención, esos
vinos no eran del todo descartables o, al menos,
que resultaran aceptables en una época en que
la enología era una actividad empírica”. Esta
historia es más o menos la misma hasta mediados
del siglo XIX. Los investigadores coinciden en
que Silvestre Ochagavía, quien trae de Francia
los primeros lotes de Merlot, Cabernet Sauvignon
y Riesling para sustituir al vidueño criollo país
en Talagante, en el Valle del Maipo. Cierto o
no, la realidad es que, a partir de esa fecha,
la vid europea que incluye variedades, tales como
Chardonnay, Sauvignon Blanc, Sémillon y Pinot
Noir, se extiende por todas las principales zonas
vitivinícolas del angosto país, divididas generalmente
en valles productores mejora la calidad de la
fruta y se hace patente tanto la vocación especial
de Chile para la producción de vino fino como
sus condiciones climáticas realmente excepcionales.
Otro
hecho relevante es que mientras en Europa las
viñas son desoladas por la filoxera (pequeño pulgón
con un apetito muy parcializado por las raíces
de las parras), en chile la viña permanece sana
y muchos de los técnicos y productores del Viejo
Continente vuelven su mirada hacía América del
sur y la aprecian como un verdadero e inmenso
oasis en el contexto de la mayor crisis vivida
por la viticultura mediterránea.
Santa
Carolina Pale Harvest
El
único dulce chileno que puede encontrarse en Venezuela,
es producido por viña Santa Carolina con vidueños
mitad Sauvignon Blanc mitad Sémillon cultivados
en fincas de la propiedad localizadas en el Valle
del Maipo “Cosecha Tardía”, traduce su nombre,
Late Harvest: en efecto las bayas son cosechadas
cuando se hayan bajo los efectos de la botrytis,
llamada: “podredumbre noble”. Fermentado y añejado
en barricas de roble francés por ocho meses antes
de ser embotellado, este caldo, de color amarillo
intenso, derrocha delicados aromas de miel, frutas
secas u naranjas.
Austero
es de paladar suave y aterciopelado con sutiles
notas de vainilla, coco y caramelo; buena estructura,
balanceado de intenso y largo final, se sirve
como aperitivo o en ideal compañía de quesos aromáticos,
foie gras y algunos postres.
SANTA
CAROLINA RESERVA SAUVIGNON BLANC 2001
Elaborado con uvas 100% Sauvignon Blanc de los
viñedos Santa Rosa del Peral pertenecientes a
viña Santa Carolina y ubicados en el valle del
Maipo. Es fermentado en cubas de acero inoxidable,
rico de una frescura que obliga a disfrutarlo
de inmediato. Es de intenso color amarillo verdoso.
Suave, con aromas que recuerdan cítricos y frutas
tropicales, este delicioso caldo es excelente
como aperitivo, con pescados y mariscos.
SANTA
CAROLINA BARRICA SELECTION SYRAH 1999
Bastión de Viña Santa Carolina logrado a partir
de 90% de vidueño Syrah y un restante Cabernet
Sauvignon, cosechados en el Valle del Maule. Fuerte,
es fermentado en barriles jóvenes de roble francés
y envejecido por un año en cavas subterráneas.
Excelente exponente del potencial chileno cuando
se habla de Syrah, el caldo es de color rojo intenso,
y en naríz recuerda las moras, el anís y el chocolate.
Aunque
todavía joven y algo tánico, es persistente y
de final largo y sin duda se redondeará en botella
con algo de paciencia. Recomendable con carnes
rojas, cacería y pastas en salsas potentes. Inmejorable
relación preciocalidad. Distribuye exclusivamente
para Venezuela.
Gracias
a ello, la poda para conservar la juventud de
la vid y acrecentar la producción, las herramientas
y maquinarias modernas para trasvasar, clarificar,
filtrar, controlar la temperatura de la fermentación
o medir el grado de alcohol, son introducidas
en chile. Las antiguas vasijas de barro, los odres
de cuero y las tinajas fueron reemplazados por
recipientes de nobles maderas. Así en los primeros
cincuenta años del siglo XX, crece la industria,
haciéndose fuerte y próspera. A partir de 1978
se introduce nueva tecnología, se incorpora el
acero inoxidable, controles de temperatura computarizados,
mejores botellas y mayor preocupación por las
etiquetas y presentaciones. Todo esto gracias
a la llegada de otro español: Miguel Torres, quien,
como sus antecesores, introduce nuevos y revolucionarios
cambios. Es de este momento en adelante que el
vino en chile realmente evoluciona, cambia su
estilo y mejora su calidad. Los chilenos por lo
general estaban acostumbrados a beber vinos con
poca o nada de fruta, secos, ordinarios, agrestes;
de hecho fueron grandes bebedores de agua ardiente
(de muy buen pisco para ser más exactos) antes
que de vino. Es así como, a comienzos de la década
de los noventa, Chile ocupa un buen lugar (hoy
se cuenta entre los primeros diez del mundo) en
el mercado internacional y sus vinos ganan medallas
y aplausos. El sector exportador de vino es uno
de los más dinámicos de la economía, la tecnología
entra definitivamente en las bodegas y las casas
productoras se dedican a repensar el negocio,
qué vidueño trabajar y dónde cultivarlo, en función
del mejor aprovechamiento posible de las condiciones
climáticas y edafológicas de terruños con vocación
innata para la explotación de variedades específicas.
La imagen del país en el exterior cambia, y pasa
ser considerado uno de las nuevas promesas de
la enología internacional. Por otra parte, el
vino chileno es valorado (en ocasiones por encima
de California, Australia o África del sur), por
tener una de las mejores relaciones calidad precio
del mundo, atractiva peculiaridad a la hora de
pagar la cuenta o simple y llanamente ir de compras
al supermercado.
Su
lugar en el casi inabarcable panorama de la escena
enológica mundial (solaz para los enófilos que
hoy en día cuentan con cientos de caldos más o
menos decorosos por menos de 5 dólares la botella)
se debe en lo esencial al trabajo constante, riguroso,
dedicado y apasionado de agrónomos, enólogos y
propietarios de viñas que, como Miguel Torres,
Santa Rita, San Pedro, Valdivieso, Concha y Toro,
Errazuríz, Bisquertt, Morandé, Tarapacá, Undurraga,
Canepa o Santa Carolina, han contribuido hasta
ahora al desarrollo económico de un país que,
a fuerza de aplicación, ha difundido el gusto
por el vino en nuevos públicos y qué, a estas
alturas y gracias a una industria sólida y competitiva
en los mercados más exigentes, puede dedicarse
a explorar, investigar y producir vinos, más en
base a las condiciones especiales de determinados
suelos, como los de Macul, Apalta, Puente Alto
o el Valle de Casablanca. Con la idea fija entre
ceja y ceja del terror, misterio y realidad de
opulentos caldos logrados en Francia, Alemania,
Italia, España o Portugal, el emprendedor país
del sur afana sus esfuerzos con la consecución
de la compleja definición de la hasta hoy escurridiza
e inasible identidad de sus caldos. En esta suerte
de labor patria, Santa Carolina destaca por sus
logros, celebrados dentro y fuera de las fronteras
de Chile.
UNA
SANTA DE LOS NUEVOS TIEMPOS
Santa Carolina es responsable hoy en día del manejo
de cerca de dos mil hectáreas, de las cuales 700
son suyas y están ubicadas en los principales
valles vitivinícolas de chile, a saber: Maipo,
Casablanca y Rapel, al cual pertenecen las denominaciones,
si es que así puede llamárselas en chile, de Colchagua,
Lontué y Cachapoal. Por si esto fuera poco, más
de mil hectáreas son controladas gracias a contratos
con pequeños productores. La casa hace posible
en su totalidad la desdeñable cantidad de cerca
de treinta millones de litros de vino por cosecha
al año, vinificado en las plantas de Molina, Miraflores
y Santiago. Los caldos producidos abarcan los
más conocidos vidueños de Europa, como Cabernet
Sauvignon, Merlot, Malbec, Carmenare, Pinot Noir,
Syrah, Sauvignon Blanc, Sémillon, Chardonnay,
Chenin Blanc y gewurztraminer. Más de una veintena
de etiquetas tiene la empresa en su haber, desde
los caldos más modestos como la línea Coupage
(vinos tintos o blancos que conciertan dos o más
vidueños) y los sencillos pero gratificantes varietales,
hasta los más complejos Gran Reserva, Reserva
de Familia (que incluye el vigoroso Cabernet Sauvignon
de gran potencial para una guarda de unos cuatro
años, y el Chardonnay) o la interesante gama de
vinos denominada Barrica Selection, donde descolla
un carnoso y aromático Syrah, el más representativo
e interesante de los vinos chilenos presentes
en el mercado venezolano. Sin duda una casa pionera,
Santa Carolina tiene tras sí una historia de logros
y está presente desde hace años con una enorme
producción de vino en más de 50 países del mundo,
con rangos de calidad muy altos, tomando en cuenta
los 30 millones de litros que se embarcan a ultramar
y se consumen dentro del propio chile. Cuidar
del contenido de cada uno de esos frascos, es
tarea para nada sencilla, amén de la preocupación
y el esfuerzo por producir los mejores vinos siempre
desde el afán común de los grandes y pequeños
viticultores de la tierra de Neruda: dar al fin
con la alquimia perfecta entre hombre y viña para
develar y verter en la copa el misterio del terroir.
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